La mujer mágica de la casa mágica

Dedicado a Antonia Vera Baltazar, mujer mágica y luminosa
que ayuda a que Tepetzintla recupere el corazón.

 

Créanme, por favor, que todo lo que les voy a contar es cierto, verdad neta.

Todo empezó cuando cayó una pluma de colibrí en el papel donde yo estaba escribiendo. Pequeñita, tornasolada, su raíz justo apuntó donde yo acababa de caligrafiar la palabra "magia" en tinta azul. El rabillo de la "a" pareció, entonces, continuar su trazo hacia la etérea suavidad verdinegrazul de la diminuta pluma.
Mi texto intentaba describir algunos detalles del huapango; yo estaba completando mi insistente ponencia "Fandango contra escenario", justamente tratando de sintetizar el momento en que los nahuas y mestizos de la región huasteca se organizan para bailar los sones de carnaval y hacen círculos, serpientes, espirales, en una colectividad irrompible.
Pero cayó la plumita, interrumpiendo mi sesudo testimonio. Me fui a acostar.


Desperté, en medio de la noche, en medio de una selva y en medio de una vereda. Olía a leña, a esos rescoldos que quedan bajo el comal cuando las mujeres abandonan la cocina y se van a descansar. Olía a gallinas, de esas que comen maíz y gusanitos, y jamás han pisado una granja industrial.

Olía a jazmín y a buganvilia, a orquídea y a helecho. Yo tenía en mi mano un diminuto colibrí de plata, con decorados turquesa, y lo trataba de colocar en mi collar, sin éxito: los eslabones de mi cadena no cabían en su aro.

Extrañaba mi cama, y me extrañaba la situación, cuando escuché un ligerísimo crujido de ramitas despedazadas. Agucé vista y oído, pegué fuerte el corazón a la tierra y descubrí varias hileras de chicatanas migrando. Dicen en los ranchos que ésos bichos se comen, y que nomás los agarras en la Noche de San Juan, víspera del 24 de junio. Entonces caí en cuenta de la fecha. ¡Claro! Era la noche más larga del año y, dicen en los ranchos, que se abren puertas dizque a otras realidades. Mis paisanos de la ciudad y sus científicos dicen que nomás es solsticio de verano.

Entonces escuché otros crujidos más fuertes, y murmullos humanos. Venían por las hormigas. Dispuestos un poco más adelante que ellas, las esperaban con trampas de tela tendidas a medianoche, a media selva y a medio camino. Yo iba, diminuta y asustada corriendo entre las chicatanas y, entre sus patitas, caí en la trampa también. Todo se volvió a poner negro.


Desperté otra vez, ahora en una recámara pequeña, limpísima, con las paredes blancas, refulgentes, y un mosquitero nuevo en la ventana, donde se adivinaba ya el amanecer. En una mesita había un gran manojo de albahaca, y una blusa de manta y tira bordada, con gallos y un árbol de la vida tejidos a gancho. Yo estaba recostada, y mi almohada tenía bordadas las figuras de dos gallos en punto de cruz, flanqueándome la cabeza. Frente al mosquitero, un colibrí volaba en círculos, desesperado por salir. Supe que era el mismo de plata que había tenido en mi mano, y ya no encontraba. Se estaba lastimando al rozar el mosquitero con su delgado pico. Estas aves tienen muchos latidos por segundo, y pueden morir fácilmente de un infarto, dicen los científicos. Son espíritus de los guerreros y las mujeres muertas en parto, dicen en los ranchos. Contagiada por el miedo del avecilla, grité.

Entonces apareció en la puerta una enorme sonrisa, colgada de las trenzas brillantes y platinadas de una mujer hermosa. Yo supe que la conocía de toda la vida, de todas las vidas, y que su presencia me hacía bien. Ella me miró con dulzura, y sus ojos me decían lo mismo, yo le hacía bien.
Le señalé con el corazón el colibrí aterrado. –ella extendió una luz desde su mano derecha, como si fuera una caricia atrayente y, con ella, lo fue guiando fuera de la recámara, fuera del pasillo, hacia el cielo rosa del amanecer. Él se convirtió en un sinuoso y libre puntito tornasol, girasol, vuelasol. En una veloz caída espiral, llegó una de sus plumitas a mi mano, y la apreté fuerte. Se convirtió en un corazón de plata con un sol y otros símbolos grabados, que entró perfectamente a los eslabones de mi collar. Al ponerme el collar, la mujer me vistió con la blusa de manta, tira bordada, árbol de la vida y gallos, y prendió un manojo de albahaca en mi cabello suelto.

Olía a leña, a esas brasas que resurgen bajo el comal cuando las mujeres abandonan la cama y se disponen a trabajar. Olía a rocío de la mañana, sobre la tierra húmeda. Olía a jazmín y a buganvilia, a orquídea y a helecho. La cocina estaba junto a un pequeño patio central, donde la Santísima Trinidad estaba representada por Guadalupe Tonantzin, la Sirena Petenera y la Ninfa del Bosque dispuestas en triángulo. Desde la cocina volaban tortillas gruesas, hechas a mano, llevadas por el rayo de luz de la Mujer Mágica de la Casa Mágica. Ella tomó una, la untó con salsa de chicatana que había hecho la noche anterior, o el año anterior, o la vida anterior. Le agregó un puñado de hongos amarillos, y me la ofreció. Al morderla, olvidé por completo mi origen y las circunstancias extrañas que me habían llevado allí. Para la segunda mordida, yo sabía que vivía eternamente en la Casa Mágica, bajo las alas de colibrí de la Mujer Mágica, y que ella era yo misma, así como yo era ella misma. Al tercer bocado, era yo quien echaba las tortillas, en la cocina que olía a leña, junto al patio que olía a jazmín y a buganvilia, a orquídea y a helecho.

Dicen en los ranchos que, cuando cruzas la Puerta de San Juan, puedes vivir años ahí dentro, mientras que afuera sólo transcurre una noche. Ya no tengo idea qué digan los científicos.

En la Casa Mágica, la Mujer Mágica me enseñó a hacer la salsa de chicatana que borra los pesares y recuerdos, a quitarles las semillas a las pitayas para que comerlas blancas y limpias como las paredes de mi recámara, y los pases mágicos para desmenuzar los hongos amarillos y ofrecerlos a los niños que se convertirán en huapangueros y verseros. Voces etéreas en la cocina me contaban, con canciones, las historias de mis vidas anteriores, pero yo ya no las reconocía. Me había convertido en ella, y ella en mí.

En el Patio Mágico, la Mujer Mágica me enseñó cómo convertir en Libros Mágicos los recuerdos de mi abuela. Me mostró cómo escribir las oraciones en letreritos, y ponerlos en el Jardín Mágico para atraer a los niños, y que toquen huapangos y sones para la danza. En los Ranchos Mágicos me enseñó cómo acariciar a las orugas que tienen forma de calcetín, para que se conviertan en mariposas con forma de ángel, que puedes montar para conocer el cielo.

Allí también me enseñó cómo lavarle los pies a un niño pequeño para que, cuando camine, no ensucie la tierra, ni La Tierra. Y cómo el Gallo absorbe su Pecado Original, y se deja engullir por Tlazolteotl, para limpiar al niño y que la tierra no lo vuelva a ensuciar. Me mostró una Tierra pequeñita, a la que personas de todo el Planeta iban a ver, admirar y cuidar.

Caminamos por las rutas donde La Llorona vive todavía, a la orilla de una laguna y, en vez de llorar eternamente, hace sus conjuros en el fuego que está al centro del Círculo de Árboles Mágicos, y mantiene unida a la Humanidad. Nos columpiamos en las nubes, colgadas del Orijuelo de la Vida, escuchando de lejos al Gallo, entre Flores de Lis.
Me pidió que cocinara hongos amarillos, para dotar a los niños con el Don de la Versería. Un día me asombré con las sílabas que, como plumitas de colibrí, empezaron a revolearnos alrededor, y se las regalé. De pequeñas que eran, crecieron hasta parecer plumas de cola de pavorreal. La Casa Mágica estaba llena de ellas. Con los verseros fuimos a la Plaza para invitar a las personas a disfrutar la Magia. Aunque la Mujer Mágica se había quedado en la Casa Mágica, la Luz Mágica de su Mano Mágica los alcanzó.


Llegó el día de la Fiesta. La vereda donde yo había encontrado a las chicatanas, estaba irreconocible, rodeada de piedras de río que, pintadas de blanco, la hacían resplandecer como una pista de aterrizajes intergalácticos. Venía tras de mí una Orquesta de Alambres Plateados (tal vez los conocí en una de mis olvidadas vidas anteriores). La Orquesta se empezó a hacer señales mágicas con la Orquesta Mágica de la Región Mágica, y se volvió mágica también.
Caminando los músicos, los seguimos rumbo a una cueva en forma de Tecomate, y el colibrí volaba en espirales sobre nosotros. Se convertía, a ratos, en mi papá y, de nuevo, en colibrí. Un paliacate rojo que me alcanzó el colibrí cuando era mi papá no alcanzó a contener mis lágrimas, que empezaron a empapar el camino; éste se convirtió en un arroyuelo y después en una rapidísima corriente circular. Se aceleró el tiempo.
Recuerdo, en las orillas, haber visto de reojo a muchos huapangueros, verseros y bailadores, haberme visto a mí misma, con un sombrero, bailando sola en una tarima gigantesca; recuerdo apenas una cantina donde un Brujo Versero con plumas de cuervo se contestaba conmigo. Recuerdo haber estado rellenando tamales de frijol, y haber visto un zacahuil descomunal. Recuerdo apenas a tres Brujas y a tres Brujos apadrinando a sus aprendices, lavándoles las manos con agua bendita y derramándoles aguardiente en la nuca. Vagamente creo haber escuchado sones de carnaval y haberme aproximado a la espiral de la colectividad irrompible, que me atrapó e hizo más vertiginoso mi viaje…

Desperté con la espalda adolorida, el bolígrafo de tinta azul en la mano y la cabeza sobre mi escritorio. Mi texto intentaba describir algunos detalles del huapango; yo estaba completando mi insistente ponencia "Fandango contra escenario", justamente tratando de sintetizar el momento en que los nahuas y mestizos de la región huasteca se organizan para bailar los sones de carnaval y hacen círculos, serpientes, espirales, en una colectividad irrompible.
Comprendí que no se puede.

Ana Zarina Palafox Méndez
Lunes 5 de agosto de 2013

 

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