EL TORO DE TLACOTALPAN

(versos de "inspiración bovina")

Yo vivía en un pastizal
junto a los seres humanos;
y parecían mis hermanos
el patrón y el servicial.
A nadie nunca hice mal:
tenía para alimentarme,
nunca hube de imaginarme
cambio tan grande en mi vida,
que la daba por sabida
y la usaba en solazarme.
Pues no había novedad
ni cambios en mi existencia,
todo era tener paciencia.
Hoy les cuento la verdad:
que, en mi cotidianidad,
de pronto me transportaron;
en una isla me dejaron
y yo feliz me sentía;
pastizal también tenía,
ni siquiera me cercaron.
En una alegre mañana
del primero de Febrero
llegaron varios vaqueros
de gran pial y gran mangana;
uno en su yegua alazana
con silla bordada en pita
que una jarocha bonita
pronto había de compartir.
Creí que me iba a divertir...
¡Qué mañana tan maldita!
Zacate recién cortado
y volando las gaviotas,
no tuve la más remota
idea de lo planeado.
Un caballo aparejado
luego a mi lado se puso
y a la reata le dio uso
para echar una lazada,
mi cabeza sujetada
a sacudir se dispuso.
Uno que vino de Lerdo
las dos patas me amarró,
a empujones me sacó
como si arrastrara un cerdo.
luego, yo ya no me acuerdo
cómo fue que llegué al río
sacudiéndome con brío
y sin poderme soltar.
¿Cómo les podré explicar
lo que fue el destino mío?
Yo nunca aprendí a nadar,
ni lo había necesitado
pero ahora, o me iba ahorcado
o algo hacía para flotar.
Ya no podía respirar,
ora el agua, ora la reata,
los que iban en las regatas
me cruzaron "con honor"
y yo, pleno de temor,
ya ni les eché bravata.
-¡Bendito sea Dios! ¡La orilla!
Mis patitas puse en firme
y, antes de pensar en irme,
la gente me hizo cerquilla.
No sólo fueron cosquillas:
hubo piquetes, jalones;
tenían muchos pantalones
para jalarme la cola
mas es la agresión en bola
recurso de valentones.
Subí con trabajo el bordo
para llegar hasta el muelle
mas los tipos, como bueyes
me empujaban con gran morbo.
De pronto, me quedé sordo
con tanta gritonería
de la multitud que había
rodeándome con placer,
mas no pude comprender
qué era lo que me pedían.
Pensé yo: -Me tienen miedo-,
y ya procedía a echarme
para así demostrarles
que soy tranquilo y que puedo
no levantarles ni un dedo.
Pero, ay Dios, qué desazón,
porque luego de un tirón
vuelven a ponerme en pie.
¿y qué quieren? no lo sé,
lo digo de corazón.
Suenan cohetes, se arrebatan
y yo me asusto también,
pero uno me tiene bien
agarrado con la reata
que, a manera de corbata
me marca la dirección
con un severo jalón
indicando continuar
y hasta una esquina llegar,
recibiendo otro empujón.
Quesque "La Esquina del Toro"
hace constar un letrero
colgado de un esquinero
con gran pompa y gran decoro.
Yo lo miré con azoro
aunque no soy muy letrado,
pues tiene un toro grabado.
A un ladito de la plaza
creí que esa era mi casa,
y allí me quedé sentado.
Pero me seguían meneando;
traía una oreja mochada,
la cola ya amoratada,
los pulmones reventando.
Ya todo estaba sangrando
mas querían que me moviera
y, para que lo supiera,
entre dos me restiraban
las reatas, que ya me ahogaban
del cuello hasta la mollera.
¿Y cuántas calles pasé?
No lo tengo en la memoria.
Vi las trancas, una noria
y la conciencia se me fue.
Con agua me reanimé
y seguí en loca carrera
hasta cierta corralera
que está al lado de una calle.
-¡Quién sabe ya dónde me halle!
Mas, seguro, no es la Gloria.
Entre sangre que se estanca
logré conservar la vista,
me encontraba en una pista
redonda, con grandes trancas.
Y llegó montado en ancas
un torero improvisado
de rojo capote armado
pintado con sangre tibia,
mas no soy toro de lidia,
y allí me quedé parado.

Al fin, creo que se cansaron
de no hacerme reaccionar
y pronto, ya sin pensar,
con cuchillos se acercaron.
Gracias a Dios, me mataron
y hoy, que ya tengo destellos
de saber, que son tan bellos,
comprendo, y quiero gritar:
-
Si algo quieren desquitar,
¡pues que se maten entre ellos!-.

Ana Zarina Palafox Méndez
Miércoles 1o. de febrero de 1995
(día del toro en Tlacotalpan)

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